James Taylor - You've got a friend
When you're down and troubled
And you need some loving care
And nothing, nothing is going right
Close your eyes and think of me
And soon i will be there
To brighten up even your darkest night
You just call out my name
And you know wherever I am
I'll come running to see you again
Winter, spring, summer or fall
All you have to do is call
And I'll be there
You've got a friend
If the sky above you
Grows dark and full of clouds
And that old north wind begins to blow
Keep your head together
And call my name out loud
Soon you'll hear me knocking at your door
You just call out my name
And you know wherever I am
I'll come running to see you again
Winter, spring, summer or fall
All you have to do is call
And I'll be there
Ain't it good to know that you've got a friend
When people can be so cold
They'll hurt you and desert you
And take your soul if you let them
Oh, but don't you let them
You just call out my name
And you know wherever I am
I'll come running to see you again
Winter, spring, summer or fall
All you have to do is call
And I'll be there
You've got a friend
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Cuando estes triste y preocupada
y nada, nada este bien
Y necesites que te den una mano
Y nada, ooh nada te vaya bien.
Cierra los ojos y piensa en mí
Y pronto estaré allí.
Solo pronuncia mi nombre,
Y sabrás que donde yo esté
Vendré corriendo, oh sí nena,
para verte otra vez.
Invierno, primavera, verano u otoño,
Todo lo que tienes que hacer es llamar
Y allí estaré, sí, sí, sí.
Tienes un amigo.
Si el cielo sobre ti
Se vuelve oscuro y nublado
Y ese viejo viento del norte comienza a soplar.
Mantén tu cabeza conmigo
Y grita fuerte mi nombre
Y pronto estaré llamando a tu puerta.
Solo pronuncia mi nombre,
Y sabrás que donde yo esté
Vendré corriendo para verte otra vez.
Invierno, primavera, verano u otoño,
Todo lo que tienes que hacer es llamar
Y allí estaré, sí, sí, sí.
Hey, ¿no es bueno saber que tienes un amigo?
La gente puede ser tan fría.
Te herirán y te abandonarán.
Se llevarán hasta tu alma si lo permites.
Oh sí, pero no lo permitas.
Solo pronuncia mi nombre,
Y sabrás que donde yo esté
Vendré corriendo para verte otra vez.
Oh nena, no sabes que,
Invierno, primavera, verano u otoño,
Hey ahora, todo lo que tienes que hacer es llamar.
Señor, estaré allí, sí lo haré.
Tienes un amigo.
Tienes un amigo.
¿No es bueno saber que tienes un amigo?
¿No es bueno saber que tienes un amigo?
Tienes un amigo.
Los libros muertos - Luisgé Martín
Cuando por fin se jubiló, mi padre no leyó ninguno de aquellos libros, pues algunos hábitos necesitan adiestramiento. Yo, sin embargo, seguí creyendo que en la edad provecta encontraría ese paraíso: días sin fin ocupados con la lectura. Hasta los treinta años estuve convencido de que, salvo que muriera joven, tendría tiempo a lo largo de mi vida para leer todo lo que me interesaba. Por eso gastaba mucho dinero en comprar libros que no podría leer de inmediato pero que, en esa jubilación dorada o en alguna vacación, tendría ocasión de disfrutar.
Luego empecé yo mismo a publicar libros, a conocer a escritores y a tener tratos con editoriales de todo pelaje. Comenzaron a llegarme a casa novelas, ensayos, volúmenes de cuentos y tomos misceláneos que había que sumar a los que yo seguía comprando meticulosamente. Y llegó un momento en el que me di cuenta de que, como muchas otras cosas cardinales, aquel asunto tenía una formulación dolorosamente matemática. A causa de mis obligaciones laborales, de los tratos con amistades y familia, de mi pasión por el cine y del desafuero de la vida urbana, solía leer al año entre 40 y 60 títulos. En ese mismo periodo, mi biblioteca, haciendo números redondos, se engrosaba con unos 250, de los cuales me apetecía leer al menos la mitad. Es decir, que cada año mi saldo negativo engordaba en 75 libros, a los que yo de vez en cuando acariciaba el lomo diciendo: "Para la jubilación".
A los cuarenta años me hice construir en mi dormitorio una pequeña biblioteca para acoger los libros pendientes, pero se llenó enseguida. A los cuarenta y tres, aprovechando una mudanza, me hice fabricar otra con muchas más estanterías y purgué los títulos con un criterio exigente: guardé allí sólo aquellos por los que sentía verdadero deseo y trasladé a la biblioteca ordinaria o regalé los que habían dejado de interesarme poderosamente. Redoblé además el rigor con el que abandonaba a medio leer los libros que no me seducían lo suficiente, procurando así vaciar con mayor rapidez los estantes hacinados. A pesar de todos mis esfuerzos, sin embargo, siguieron llenándose sin remisión.
He calculado que a este ritmo llegaré a la edad de jubilación con 2.000 libros pendientes de lectura. Suponiendo que viviera veinte años más con buena salud y que el ritmo de engordamiento anual de mi biblioteca fuera en ese tiempo menor (descartados ya los clásicos), debería engullir unos cuatro libros cada semana para morir en paz literaria, todo ello sin darme ocasión a releer ni una sola página. Es decir, debería dedicar mi vejez a leer sin desfallecimiento, obsesivamente, lo que resulta una tarea imposible y desagradable. Por eso cuando entro cada día al dormitorio y me paro frente a los anaqueles a mirar los libros sin abrir, veo las sombras de la muerte. Trato de averiguar cuáles de aquellos volúmenes mansos irán quedándose allí año tras año. Qué personajes o qué aventuras. Qué palabras del laberinto. -
Luisgé Martín (Madrid, 1962) es autor de Los amores confiados y El alma del erizo, ambos en Alfaguara.






